‘La tragèdia de Matilde Landa’, la defensa de unos ideales hasta la muerte

Aula Magna de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona, 9 de la noche. Afuera, la luz aún da los últimos coletazos;  adentro, la luz de la sala va menguando mientras se encienden los focos. Aparece el director de la obra, Toni Galmés, para repetir la cantinela de siempre desde que la telefonía es móvil: “al que le suene, me lo cargo”. En la pista, decorada con un simple fondo negro, hay esparcidos unos diez pares de botas, impasibles ante las preguntas del público de “¿y qué pintan aquí estas botas?”.

Todo se oscurece, y desde los altavoces empiezan a resonar las palabras de Iñaki Gabilondo sobre la sentencia a Garzón por la investigación de los crímenes del franquismo. Durante unos minutos relata lo que El Roto expuso en una simple viñeta: “No se puede juzgar al franquismo mientras siga vivo y seguirá vivo mientras no se le pueda juzgar”.

Situado el público sobre qué versará la función, entran en escena siete chicas, ataviadas de igual forma: vestido azul oscuro y los típicos atuendos de milicia republicana. Inician una marcha militar compaginada con la famosa canción popular de “No pasarán”. De repente, son atacadas, y una a una empiezan a caer heridas, aunque persisten. Al final, la única que se mantiene en pie es apresada por dos falangistas. Es aquí cuando conocemos la pieza sobre la que girará toda la obra: Matilde Landa, alguien más que una simple militante del partido comunista. Muy culta, con estudios universitarios, atea y profundamente idealista, es interpretada magistralmente por Rocío López.

La captura de Matilde.

A partir de aquí, la ficción y la historia real del personaje se fusionan para establecer un mensaje de crítica a una de las razones de ser de la obra: la curiosa paradoja de que el único juzgado por los crímenes franquistas haya sido el único juez que se ha atrevido a juzgarlos.

¡Cuánto me alegra saber que estás tan bien, tan contenta! Pero que el hecho de que tú hayas tenido la suerte de que te rodeen personas que te quieren tanto y se ocupan tantísimo de ti, no te haga ser egoísta y olvidar a los niños que han tenido menos suerte que tú. Piensa en ellos y no olvides sobre todo a los que… el destino ha dejado sin padres. Estos son los más desgraciados y los que merecen nuestra mayor atención. Creo que no los olvidarás y quisiera que todos los días hicieses algo por ellos. Esto no es sentimentalismo ni caridad, sino sencillamente tu obligación.

Bueno, chiquinina mía. Ahora me doy cuenta de que en esta carta te cuento lo mismo que en mi anterior, así que buen provecho le haya hecho al tiburón.

Que el año 41 traiga para todos mucha alegría. En este “todos” van también incluidos los Ortiz, Cintia, etc. Muchos besos y muchos abrazos de

Tu madre

Así se dirigía Matilde Landa a su hija “Carmencilla querida, chiquina de mi corazón” en una de las cartas que envió desde la prisión de Palma. Su reclusión insular se debió a dos motivos: por una parte, aislarla y alejarla lo máximo posible de su influencia en la península, y por otra, minar su moral. El cómo fue enviada a la capital de las Baleares esconde una historia de lucha y liderazgo entre rejas.

“Matilde Landa, condenada por agresión a la rebelión”.

Confinada en la Cárcel de Ventas, donde fue conocida como “La Madre de todas las presas”, nuestra protagonista no se quedó de brazos cruzados ante la injusticia inherente a aquellos esperpentos llamados juicios militares. Tras súplicas e insistencias, creó la insólita “Oficina de las penadas”, desde la cual aportó algo de dignidad a los cientos de mujeres allí reclusas. Convertida en referente moral para ellas, y dolor de cabeza para las autoridades penitenciarias, fue destinada a Palma.

“Em pots parlar en català, que l’entenc i el parlo prou bé”.

Extremeña de nacimiento, el director aporta otro cariz crítico: el del conflicto lingüístico, para el cual echa mano de la ficción. Hablando la pacense en un perfecto catalán, no menos lo es el dialecto mallorquín de las compañeras de barrotes de Matilde. “Tan sólo dos o tres actrices son mallorquinas, el resto ha hecho un esfuerzo increíble para conseguirlo”, me confiesa el también palmesano director, una vez acabada la función.

-Es que yo soy más de Darwin.

-Ay, Matilde, ¡dices unas cosas más raras!

El catecismo de Matilde pasa a ser el principal objetivo de las autoridades de la cárcel, una de las primeras en todo el país en ser controladas por monjas. Para ello, se le asigna una catequista, Bàrbara Pons, con quien surge el citado diálogo y una relación que traspasa lo eclesiástico: se convierte en un pilar para nuestra heroína. Ante su firmeza idealista, la única forma de que acceda a comprometerse con Dios es mediante una acción muy cristiana: el chantaje. Resignada e impotente, Matilde cobra su sí a un alto precio: su propia vida.

El particular sí de Matilde.

En unas escenas llenas de dramatismo, Matilde es bautizada in articulo mortis mientras se escapan sus últimos suspiros de vida, no sin una imagen repleta de ironía: dado que no puede hablar, su única manera de dar el sí es con el puño en alto.

“Que mi nombre no se borre de la historia”. El relato historiográfico ha dado a conocer a grandes mujeres de esa España que se moría, que diría Machado, pero no ha sido justo con Matilde Landa, que antepuso sus ideas a su propia vida. Durante casi dos horas fuimos espectadores de la vida de una mujer que debería yacer junto a Clara Campoamor o Victoria Kent para transmitirnos un mensaje final: que el olvido no se vista de justicia.

Iván García

Enlaces de interés

-Fotografías de la obra: [Fuente: Contenido propio]

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-Reportaje sobre la vida de Matilde Landa de TV3:

-Miguel Hernández le dedicó un poema: ‘A Matilde’

-El grupo Barricada también le dedicó una canción:

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